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Creando puentes para comprender la sensibilidad auditiva

Audífonos, autismo y esperanza



Por Maite Rodríguez-Márquez, PhD


En mi proceso de aprendizaje como madre de un niño con autismo, todo era nuevo para mí. Mezclado con el miedo de preguntarme constantemente si mi capacidad como madre sería suficiente, fui descubriendo que conocer sus retos, sus emociones y lo que intentaba decirme con sus ojos o con su comportamiento debía convertirse en mi prioridad.


Poco a poco entendí que no se trataba de “corregirlo”, sino de aprender a mirarlo distinto, a escucharlo más allá de las palabras y a hacer de su bienestar emocional el centro de nuestra vida familiar.


Ya había visto señales en casa: cuando encendía la licuadora o la aspiradora, él sonreía, se tapaba los oídos y salía corriendo. Un domingo cualquiera, visitando la iglesia, entendí que no era algo aislado: tan pronto comenzaban las alabanzas, simplemente se me escapaba y salía corriendo fuera del templo. Yo no sabía qué le sucedía. Aún estaba aprendiendo, en medio del shock emocional del diagnóstico, y solo quería proteger a mi niño de todo y de todos.


En el camino también me encontré con personas muy espirituales, bien intencionadas, que asociaban ese escape con algo espiritual: hablaban de guerra, de ataques, de cosas que había que reprender. Yo escuchaba, pero por dentro sentía que había algo más que nadie veía: mi hijo no huía de Dios, huía del ruido.


Tristemente, no todas las personas quieren que hables de tu proceso. Aparecen los que te dicen “no hables de eso”, los que te juzgan y aseguran que lo estás sobreprotegiendo y que “lo que necesita es corrección”, y también los que no entienden y tampoco desean que les expliquen. Yo me frustraba junto con mi niño: él por sus desafíos, y yo porque no lograba comprenderlo del todo. Aun así, en aquel tiempo difícil, contaba con su hermano mayor, que corría más rápido que yo o que su papá y lograba alcanzarlo.


Hasta que un día, buscando información en esas madrugadas de desvelo, encontré por primera vez la expresión: “sensibilidad auditiva”.


Cuando leí “sensibilidad auditiva” sentí que, por fin, alguien estaba poniendo en palabras lo que mi corazón llevaba tiempo sospechando. No era rebeldía, no era falta de disciplina, no era algo “espiritual” que había que atacar: era la manera en que su cerebro recibía el sonido. Mientras otros escuchaban música, mi niño sentía una tormenta dentro de sus oídos. Y en lugar de verlo como un problema que había que corregir, comencé a verlo como una parte de él que yo tenía que aprender a comprender y acompañar.


La sensibilidad auditiva es cuando los sonidos que para otras personas son normales, para un niño con autismo se sienten demasiado fuertes, molestos o incluso dolorosos. No es “manía” ni “drama”: es cómo su cerebro procesa el sonido.


Cuando un niño con sensibilidad auditiva entra a un lugar ruidoso, no está ‘portándose mal’: está sobreviviendo a algo que su cuerpo siente como una amenaza.


Muchas familias viven en alerta constante: antes de aceptar una invitación piensan en el ruido, en la música, en cuántas personas habrá. No es que no quieran participar, es que están calculando si su hijo podrá tolerarlo sin sufrir.


La clave está en observar patrones: no se trata de un berrinche aislado, sino de una respuesta repetida ante ciertos tipos de sonidos.


Nombrar lo que le pasa al niño no lo etiqueta, lo libera. Cuando la familia entiende que es sensibilidad auditiva, ya no se trata de “un niño difícil”, sino de un niño que necesita apoyo en cómo su cerebro recibe el sonido.


El hogar puede convertirse en un refugio sensorial. No se trata de vivir en silencio absoluto, sino de hacer acuerdos: “Te aviso antes de prender la licuadora”, “si te molesta la televisión, puedes ir a tu rincón tranquilo”. Estos pequeños cambios envían un mensaje grande: tu bienestar importa.


La familia no tiene que enfrentarse sola a la sensibilidad auditiva. Cuando escuela, terapeutas y padres trabajan juntos, el niño siente que el mundo se acomoda un poquito más a su medida, en lugar de obligarlo a soportar el ruido hasta romperse.


La sensibilidad auditiva no define todo lo que un niño es, pero sí nos enseña a mirar el mundo desde sus oídos. Cuando la familia aprende a escuchar esa necesidad, se construyen puentes de comprensión: menos culpas, menos gritos, más abrazos y más calma.


No se trata de tener una casa perfecta y silenciosa, sino un hogar donde cada miembro pueda decir: “Aquí me entienden. Aquí mi sensibilidad no es un problema, es parte de quien soy”.


Escuché que existían audífonos de reducción de ruido y me fui directo a Amazon a buscarlos. Para mí eso no era solo una compra: era el inicio de un proceso. Tenía que enseñarle que esas cosas que nosotros intentábamos ponerle no eran un castigo ni un capricho, sino algo para que pudiera sentirse mejor, para que el mundo sonara un poquito más bajito.


Poco a poco también fui aprendiendo a hablarle distinto. Dejé de usar ese tono sobreprotegido que a veces surge del miedo y comencé a hablarle normal, mirándolo a los ojos, tal como lo hacía su hermano mayor. Yo veía cómo su hermano le explicaba todo como si no hubiese barreras ni autismo de por medio, como si el diagnóstico no fuera el centro de la conversación. Aprendí de él a tratar a mi niño desde la dignidad, no desde la lástima; a recordarme cada día que mi hijo no es su diagnóstico, sino un niño completo, con derecho a entender y a ser entendido.


Comenzamos por lo más cotidiano: la aspiradora en casa. La encendíamos y, mientras alguien lo sostenía con cariño, otro le mostraba los audífonos. Lo convertimos en un juego: con las manos hacíamos como si subiéramos el volumen de la música, y justo en el momento más “ruidoso” se los colocábamos. Repetimos lo mismo con la licuadora, una y otra vez, con paciencia y risas forzadas entre el miedo y la esperanza.


Hasta que un día, en medio de ese pequeño ritual doméstico, él nos miró fijo a los ojos con un contacto visual tan hermoso que no necesitó palabras: en esa mirada nos decía que entendía, que aquello le ayudaba, que por fin se sentía un poco aliviado.


Años después supe que no estaba inventando nada: existen estudios que confirman que los audífonos de reducción de ruido y las orejeras pueden ayudar a los niños con autismo a manejar mejor la hipersensibilidad auditiva y a reducir conductas de estrés relacionadas con el ruido. Yo solo seguí mi instinto de mamá: si el mundo no podía bajar el volumen por él, al menos yo podía ponerle un pequeño “escudo” en sus oídos para que respirara mejor.


📝 Nota desde mi mirada como educadora:

Lo que cuento aquí no es solo experiencia personal. Estudios sobre integración sensorial y autismo han encontrado que la sensibilidad auditiva es común en nuestros niños y que herramientas como orejeras o audífonos de reducción de ruido pueden ayudar a disminuir el estrés y mejorar su participación en la escuela, la iglesia y la comunidad. Por eso, escuchar sus necesidades sensoriales no es una exageración: es parte de cuidar su bienestar.


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