El día que dejé de explicarme
- Maite Rodríguez Márquez, Ph.D.

- hace 1 día
- 3 Min. de lectura

Hay silencios que no nacen de la paz, sino del miedo.
Miedo a incomodar. Miedo a no ser correspondida. Miedo a decir esto me dolió y encontrarse con un vacío aún más grande al otro lado.
Y entonces el corazón aprende a callar.
Se guarda las palabras en el pecho, acomoda las emociones como puede y sonríe por fuera, mientras por dentro intenta entender en qué momento sentir tanto se volvió algo que había que esconder.
Pero la paz no silencia el alma. Es el miedo el que la obliga a callar.
Y no hay nada más triste que vivir comprimiéndose el corazón. Apretarse las ganas. Encerrar los sentimientos como si sentir profundamente fuera una debilidad. Como amar de manera auténtica tuviera que vivirse sin voz.
Amar siempre conlleva riesgos. Eso es cierto.
Conlleva la posibilidad del rechazo, del silencio, de la distancia, de entregar con verdad y no encontrar lo mismo al otro lado.
Duele cuando uno entrega con autenticidad y recibe distancia. Duele cuando el corazón se queda hablando solo. Duele cuando una historia que parecía iluminarlo todo termina convertida en un vacío que solo uno conoce.
Pero incluso así, sentir nunca es el problema. Amar nunca es el error. Haber abierto el alma no es motivo de vergüenza.
La pérdida más grande no siempre es que alguien no nos elija. A veces la pérdida más honda es pasar por la vida desapercibidos de nosotros mismos. Vivir cohibidos en lo que sentimos. Negarnos la expresión. Callarnos tanto, que un día ya no sepamos ni cómo nombrar lo que nos habita.
Porque no vinimos a sobrevivir por dentro mientras por fuera fingimos calma. No vinimos a recorrer la vida con el corazón reducido. Como si la intensidad de amar fuera algo que debiera avergonzarnos.
Vinimos a vivir. A sentir. A dejarnos tocar por lo que llega, aun sabiendo que no todo se queda.
Y sí, expresar lo que sentimos sigue siendo un acto de valentía. No para convencer a nadie. No para cambiar una historia que ya no es. Sino para no abandonarnos a nosotros mismos en el proceso.
Porque hay algo más doloroso que no ser elegidos: dejar de elegirnos nosotros.
Así que si alguna vez sientes que necesitas decirlo, decir que te dolió, que te importó, que fue real para ti, hazlo.
Hazlo aunque no haya respuesta. Hazlo aunque no haya eco. Hazlo aunque el otro no sepa comprender la verdad que tú sí tuviste el valor de sentir.
Aunque no toda historia termine como soñabas, tu alma no merece quedarse atrapada en el silencio.
Algún día miraremos hacia atrás y contaremos lo vivido con menos tristeza y con más admiración. No porque todo haya salido bien, sino porque tuvimos el valor de ser nosotros en medio de la nada.
Porque supimos amar sin escondernos. Porque supimos sentir sin necesitar validación. Porque, aun dolidos, no dejamos de honrar lo que sentimos.
Y quizás ahí, en esa memoria que ya no sangra igual, descubramos que no perdimos por haber amado. Que no perdimos por haber sentido demasiado. Que la verdadera derrota habría sido no vivir, no decirlo, no atrevernos, no dejar huella.
No hay mayor pérdida que ver la vida pasar en silencio, apagados y desapercibidos. Cohibidos en la expresión, negándonos las vivencias que un día pudieron habernos hecho más humanos.
Al final, también duele todo lo que uno sintió y nunca se permitió decir.
Sí, también pesa todo lo que uno sintió y tuvo que tragarse en silencio.
Pero lo que se dijo con verdad, aunque no haya sido correspondido, algún día se convierte en testimonio de coraje.
El día que dejé de explicarme entendí que no había derrota en haber sentido tanto. La verdadera pérdida habría sido pasar por la vida sin habitarme. Y aunque no hubo refugio, fuimos intensamente humanos.


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