Hasta que cese la tempestad
- Maite Rodríguez Márquez, Ph.D.

- 9 ene
- 1 Min. de lectura
Por Maite Rodríguez Márquez

La fe como puente
La fe, cuando ha sido sembrada en nuestra alma y pulida por las circunstancias de la vida, se vuelve un puente que nos sostiene cuando llega el día difícil. Puede ser ese aliento de vida cuando sientes que todo se rompe y se desmorona… pero, aun así, tú te mantienes en pie.
Algunos quieren que te doblegues porque, desde su orilla, ven que llevas mucho. Pero tu fe fue sembrada y echó raíces tan profundas que, aunque te duela, aunque sientas que el viento recio intenta tumbarte, hay una fuerza más grande que no lo permite.
Te aferras. Te eriges. Mantienes la cabeza en alto y la mirada al frente. Caminas con pasos firmes.
La vida es simplemente eso: vivir. Pero la fe nos permite mirar con otros ojos los retos que conlleva el simple hecho de existir. Desde que abrimos los ojos, somos constantemente retados y confrontados con todo aquello en lo que creemos. Y, sin embargo, esa semilla que nos fundamenta nos susurra, como viento suave:
Calma.
Y así, aunque el corazón nos lleve a mil y queramos claudicar, no podemos. Se nos hace inevitable mantener la calma y confiar.
Confiar en el proceso. Confiar en la paz. Confiar en que, al final, todo absolutamente todo estará bien.
Y que recibiremos las fuerzas suficientes para permanecer en paz… hasta que cese la tempestad.

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