La reciprocidad también es puente del amor
- Maite Rodríguez Márquez, Ph.D.

- hace 2 días
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Hay personas que hacen del silencio una casa.Viven allí desde hace tanto que terminan creyendo que amar y callar son casi la misma cosa. Que sentir profundamente basta. Que la intensidad que no se nombra conserva intacta su valor, aunque del otro lado nadie pueda tocarla.
Sin embargo, guardar y callar no siempre es sinónimo de abrigo.
Muchas veces, solo enfría el alma.
En los vínculos hay un momento en que ya no alcanza con “ser así”. No alcanza con repetir que uno no sabe expresarse, que nunca ha sido de hablar mucho, que esa es su manera de querer. Porque cuando alguien llega con el corazón sin dobleces, con una ternura visible, con esa honestidad que no se esconde, refugiarse en la costumbre se convierte en una forma de ausencia.
Y la ausencia, aunque tenga sentimientos aferrados, también deja heridas.
No se puede esperar siempre que sea el otro quien cruce el puente. Quien inicie la conversación. Quien abra las puertas a los sentimientos. Quien vuelva a tocar una puerta que apenas se entreabre. Mucho menos cuando ese otro ya viene ofreciendo lo más valioso que tiene: su autenticidad, su entrega, su forma más honesta de ser y estar.
Hay algo profundamente injusto en dejar que una sola persona cargue con toda la parte visible del amor. No es justo que uno se limite a sentir en silencio, mientras el otro hace el trabajo de ponerle cuerpo, palabra y presencia a lo que entre dos debería nacer con más equilibrio.
Porque amar no es solo experimentar algo profundo.
Amar también es participar.
Es hacerle saber al otro que no está solo en lo que construye. Es no condenarlo a vivir interpretando señales escasas, reuniendo migajas, tratando de adivinar si detrás de tanta reserva hay realmente un sentimiento o apenas una costumbre cómoda de recibir sin corresponder con claridad.
A veces se confunde profundidad con hermetismo.
Y no son lo mismo.
Hay personas que sienten mucho y aun así lastiman, no por maldad, sino por esa incapacidad vieja de salir de sí mismas. Por no entender que el amor, cuando no se expresa, termina pesando más por lo que falta que por lo que promete. Se vuelve una especie de sombra: uno sabe que está ahí, pero no logra abrazarla.
Y nadie debería amar desde ese cansancio.
Quien está entregando su verdad no busca perfección. Los discursos impecables ni las demostraciones grandiosas le llenan. Necesita algo más sencillo y difícil a la vez: reciprocidad. Una señal clara. Un gesto que no lo deje siempre al borde de la duda. La certeza de que su amor no cayó en un lugar donde todo se guarda y nada se comparte.
Quizá por eso amar bien también tenga algo de valentía.
La valentía de salir del escondite emocional.
De dejar de usar la personalidad como excusa.
De soltar, aunque sea un poco, eso que uno lleva tan hondo.
De entender que hay afectos hermosos que no se rompen por falta de sentimiento, sino por falta de evidencia.
Porque el corazón también necesita escuchar, ver, sentir.
Necesita descanso.
Necesita confirmación.
Y cuando alguien nos ama bonito, con una verdad que no negocia su ternura, lo mínimo no es admirar esa entrega en silencio. Lo mínimo es responder con algo que se parezca a la presencia. Algo que diga, sin ambigüedad: aquí también hay amor. Aquí también hay intención. Aquí también hay alguien dispuesto a salir de sí mismo para no dejarte solo con todo lo que traes.
Porque hay silencios que no protegen lo sagrado.
Solo aplazan lo que ya debería haber sido dicho.
Porque la reciprocidad,
también es puente del amor.



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