Que la inclusión deje de ser un milagro
- Maite Rodríguez Márquez, Ph.D.

- 5 ene
- 4 Min. de lectura
Por Maite Rodríguez Márquez, PhD

© 2026 Maite Rodríguez Márquez. Imagen generada digitalmente. Todos los derechos reservados.
Hay familias para las que un cumpleaños infantil es rutina: un mensaje en el chat, un regalito rápido, dos horas de risas, fotos, pastel, y conversación tranquila entre adultos.
Para ella no.
Para ella, cuando llega una invitación, no se siente como un plan más. Se siente como un milagro.
Y quizás alguien no entienda por qué una simple tarjeta o un “vengan a celebrar con nosotros” puede ponerle el corazón en alerta. Pero es que, la mayoría de las veces, su hijo no está en la lista.
Lo normal en una fiesta es sentarse a conversar con otros padres: reírse, ponerse al día, comentar la escuela, mirar desde lejos.
Pero su naturaleza y sus nervios no se lo permiten.
No porque ella quiera vivir en tensión, sino porque no puede permitir que esa grandiosa invitación se convierta en un desastre. Y cuando has vivido la exclusión, sabes que una sola situación incómoda puede convertirse en la razón para que la próxima invitación no llegue nunca.
Así que ella no se sienta.
Ella se activa.
Se concentra con una seriedad que nadie ve, como quien cuida un tesoro frágil. Observa. Anticipa. Regula.
Se asegura de que su niño se mantenga a salvo: lejos del pastel si la emoción lo empuja de golpe, lejos de botellas de agua de extraños si la curiosidad le gana, lejos del impulso de meterse demasiada comida en la boca a la vez.
No es control. Es amor con reflejos rápidos.
La invitación que no siempre incluye
Lo más duro es que, a veces, la invitación ni siquiera llega completa.
En su vida ha sido común recibir mensajes que dicen, con delicadeza disfrazada: “Es específicamente para tu hija…”
Como una advertencia premeditada de que no quieren lidiar, en un día especial, con su hijo.
Y sí, ella lo entiende. De verdad lo entiende. ¿Quién quiere que le alteren un día especial? ¿Quién quiere preocupaciones extra cuando solo quiere celebrar?
Y entonces una parte de ella se traga el orgullo. Se organiza. Se adapta. Se divide.
Porque, ¿cómo va a sacrificar la niñez de su otra hija?
Así que se hacen los arreglos, sin quejas, sin críticas y con la frente en alto, porque esta es la realidad: muchas veces una madre tiene que dividir su vida entre la normalidad que otros habitan sin pensar y los retos del autismo que ella carga incluso cuando sonríe.
Cuando sí lo invitan, los nervios también llegan
Pero cuando, milagrosamente, llega una invitación donde él también está incluido, ahí está ella.
Con el corazón agradecido y los nervios a flor de piel.
Haciendo que esas dos horas sean lo más perfectas posible, no por apariencias, sino por su derecho a estar. Porque su hijo se lo merece.
Y aquí es donde ella quiere decir algo con claridad.
A ella le gustaría que, al verlo, la gente lo mirara con curiosidad, empatía y sin prejuicio. No como si estuvieran evaluando su crianza, sino como si estuvieran conociendo a un niño.
Porque muchas cosas que otros llaman conducta, en realidad son comunicación.
Si se tapa los oídos cuando cantan cumpleaños, no es mala educación. Es su forma de decir: esto me duele, es demasiado.
Si se mueve inquieto o se aparta de momento, no es capricho. Es su manera de buscar seguridad en un mundo que a veces le grita sin palabras.
Y si alguien le preguntara qué necesita el corazón de su hijo en una fiesta, ella lo resumiría en un manual sencillo, de tres líneas, para que el amor no se complique.
Primero, espacio antes que juicio. Si se aparta o se tapa los oídos, denle un momento; así se regula.
Segundo, guía suave, no regaño. Una instrucción corta y amable funciona mejor que diez explicaciones.
Tercero, seguridad primero. Si corre o se emociona demasiado, no es para molestar; es para sobrevivir la sobrecarga.
Porque hay una verdad que muchos aún no han aprendido: él no está portándose mal; está tratando de sentirse seguro.
Ella no ve autismo, ella ve a su hijo
Como madre, ella no ve un diagnóstico cuando lo mira. Ella ve un niño amable, servicial, cariñoso. Ve un niño con el mismo deseo de ser incluido que los demás.
Y, sobre todo, ve lo mismo que ve en cualquier niño: pertenencia.
Porque sí, el mundo también le pertenece a su pequeño.
Así que, si un día lo ves en una fiesta, tal vez no la veas sentada. Tal vez la veas pendiente, cerca, alerta, demasiado atenta.
No la juzgues.
Ella no está tratando de controlar la alegría. Ella está tratando de proteger un milagro.
Y si hoy su hijo está aquí, no es un favor que le hacen. Es justicia.
Porque él merece ser invitado.
Él merece ser aceptado.
Él merece que lo miren con empatía y respeto.
No como un problema en una fiesta, sino como lo que es: un niño con luz propia, que también vino al mundo a celebrar.
Firmado: una madre de un niño autista.



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