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Enero: brisas del Ártico y abrazos de Puerto Rico

Mujer con suéter crema sostiene una taza de café caliente mientras mira un paisaje de nieve al amanecer desde una ventana.
Creación digital original. © Maite Rodríguez Márquez. Todos los derechos reservados.


Enero se nos va tan pronto, más rápido de lo que llegó.


Fue el primer mes del año, y yo hubiese querido que me calentara el alma. Pensé que traería la calidez de lo nuevo, pero pasó tan rápido que casi no me dio tiempo a mirarlo con calma.


Lo vi llegar con seriedad, crudo… y lo que parecía una simple brisa fría resultó ser un beso directo del Ártico: intenso, sin aviso, con esa manía de dejarte tiesa el ánimo y las ganas en pocos minutos.


Y aun así, a veces parece que enero se queda pegado a la piel como la primera escarcha de la mañana: silenciosa, persistente, inolvidable. Aunque te abrigues bien, es curioso lo fuerte que se siente en las manos. Pero las ráfagas que trajo también se sintieron en el pensamiento, en el pecho, y muy adentro, en la memoria.


Hay fríos que no pertenecen aquí. Vienen de afuera, sí.


Pero también están esos que la vida te mete por dentro: los recuerdos que regresan cuando cambia el año; despedidas que uno no termina de aceptar y se quedan rondando; nostalgias que te agarran por los sentidos y se acomodan ahí, como si fueran dueñas del lugar.


Este enero, honestamente, quiso atraparme.

Quiso decirme que el año que se fue dejó cosas a medias.

Que lo nuevo es incierto.

Que lo que viene… quién sabe si trae alivio o más batalla.

Y por un momento, casi le creo.


Pero hice lo que he aprendido cuando la vida se pone intensa: no me quejé. Me abrigué por dentro. Lo miré de frente y, con toda la actitud del mundo, lo invité a un café.


Me hice tazas de café cargadas de isla, montaña y playa. Café que no era solo bebida: era una forma de volver a mí. De decir, sin decirlo: aquí sigo. Aquí voy. Aquí estoy… otra vez.


Y cuando el cuerpo pedía más cariño, me hice chocolate caliente que supiera a abrazos de Puerto Rico. Como si cada sorbo fuera un pedacito de la tierra que amo. Como si el calor pudiera darle vuelta a la nostalgia y convertirla en ganas, en fuerza, en ánimo para lo que viene.


Y ahí ocurrió algo hermoso: los aromas me cambiaron la mirada.


Porque hay días en los que no te salva la mente, te salvan los sentidos: el olor, el sabor, el vapor subiendo despacito, la taza entre las manos. Esa pausa breve que parece simple, pero se vuelve refugio.


Y fue así que el invierno, en vez de endurecerme, me mostró su belleza.


Qué paisajes me regaló enero.

Blancos que parecen silencio.

Árboles cargados de nieve, como si la naturaleza también supiera quedarse quieta con elegancia.


Y esa luz del amanecer sobre el hielo… como si el mundo respirara bajito.


La naturaleza es admirable por eso: porque no discute con las temporadas. Nos enseña que cada etapa trae su propia forma de hablar. Que incluso en el frío más bravo hay belleza. Que aun cuando llega una brisa dura, siempre hay una manera de responder sin perder la ternura.


Hoy despido a enero con gratitud.


No porque haya sido fácil, sino porque, aun con el viento, la nieve y el frío extremo, no pudo apagar mi alma.


Y si febrero viene con lo suyo, también lo recibiré así: con una taza caliente, con un corazón despierto, y con la certeza de que la belleza siempre se las arregla para entrar.


Porque al final, de eso se trata: aprender a no temerle al frío, aunque venga con crueldad… y convertirlo en paisaje, en un puente hacia lo que sigue.

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