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Aun así, elijo la esperanza

Aun así elijo la esperanza. Mujer observando una tormenta desde su ventana con una taza de café
© 2026 Maite Rodríguez Márquez. Imagen generada digitalmente con inteligencia artificial. Todos los derechos reservados.

Hay momentos en la vida en que todo parece ponerse de acuerdo para probarte.


No solo llegan los problemas. También aparece el peso de las miradas, la dureza de las historias mal contadas, la sensación de que algunos quisieran verte caer para confirmar lo que siempre pensaron de ti. Como si el dolor ajeno, a veces, resultara más fácil de observar cuando viene acompañado de desesperación.


Y, sin embargo, no siempre ocurre así.


Porque hay personas que, después de haber atravesado tanto, ya no responden al golpe con estruendo, sino con una resistencia silenciosa que no nace de la ausencia de dolor, sino de la profundidad de lo sembrado en el alma.


La vida, tarde o temprano, nos obliga a descubrir de qué estamos hechos por dentro.


Cuando el futuro se vuelve incierto y no hay respuestas claras, uno no se sostiene de la nada. Uno se sostiene de aquello que fue cultivando en los días buenos y en los días grises. De las palabras que eligió creer. De la esperanza que alimentó en secreto. De la fe que abrazó cuando nadie más podía entender la batalla.


Porque si en el corazón solo se guardó rencor, rabia o desesperanza, cada tormenta se vuelve más oscura. Pero cuando, aun en medio del cansancio, una persona ha llenado su interior de esperanza, de convicción, de la certeza de que su historia no termina en la herida, entonces ocurre algo poderoso: no se quiebra tan fácilmente.


Tal vez se dobla. Tal vez llora. Tal vez guarda silencios que pesan más que cualquier palabra. Pero no se rompe del todo.


Hay dolores que dejan marcas hondas, sobre todo cuando vienen de quienes debieron amar mejor. Cuesta comprender la rabia en manos de quienes conocían tu fragilidad. Cuesta aceptar que, a veces, la incomprensión se viste de cercanía y el desprecio llega desde lugares donde uno esperaba refugio.


Aun así, seguir adelante también puede ser un acto de amor.


Amor propio, cuando decides no convertirte en lo que te hirió.

Amor al propósito, cuando eliges creer que tu vida vale más que las versiones equivocadas que otros construyeron sobre ti.

Y amor, incluso, hacia quienes un día caminaron cerca, aunque ya no puedan hacerlo de la misma manera.


Porque hay una fuerza muy particular en quienes deciden no endurecerse.


En quienes siguen eligiendo la bondad sin negar el dolor.

En quienes siguen levantándose cada mañana con misericordia en el pecho.

En quienes no entienden del todo lo vivido, pero aun así escogen no soltar la esperanza.


A veces vencer no se parece a celebrar.

A veces vencer se parece a respirar hondo y continuar.

A caminar con el alma cansada, pero todavía encendida.

A sostenerse, no porque todo esté resuelto, sino porque dentro de uno todavía queda luz.


Y quizás eso sea una de las formas más hondas de la esperanza: seguir creyendo que, aun entre ruinas, Dios puede sostener lo que parece a punto de caer.


Que no todo sufrimiento tiene la última palabra.

Que no toda herida define el destino.

Que no todo silencio significa abandono.


Hay temporadas en que la vida aprieta tanto, que solo queda mirar hacia adentro y preguntarse qué fue lo que se sembró allí durante años.


Aun así, elijo la esperanza.


Y entonces, en medio de la marea, el corazón responde.


Si allí vive la fe, aunque sea pequeña, habrá fuerza.

Si allí vive la esperanza, aunque haya lágrimas, habrá camino.

Si allí vive la certeza de que fuimos creados con propósito, entonces incluso los días más duros podrán cruzarse sin perder el alma.


Porque al final, no siempre vence quien nunca llora.

A veces vence quien, llorando, todavía cree.

Quien, siendo herido, todavía ama con prudencia.

Quien, aun sin entenderlo todo, decide no soltar la mano de Dios.


Y eso también es construir puentes.


Puentes hacia la paz.

Puentes hacia la dignidad.

Puentes hacia una esperanza que no depende de la ausencia de tormentas, sino de la certeza de que, aun en medio de ellas, no caminamos solos.

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