Me voy a casa
- Maite Rodríguez Márquez, Ph.D.

- 26 ene
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 26 ene

Hay cosas que parecen locuras…
hasta que la vida te pone de rodillas y entiendes que hay consuelos que no vienen de la lógica, sino del cielo.
Hace poco perdí a alguien que amaba muchísimo.
Y lo más extraño, lo más profundo, fue esto.
Tres días antes de que me avisaran de su muerte, soñé con ella.
En el sueño yo la visitaba en un edificio bien alto, con una vista espectacular, como si el mundo se quedara lejos allá abajo, pequeño… como cuando el alma mira desde otro lugar.
Allí estaba ella.
Hermosa.
Radiante.
Sin ninguna señal de enfermedad.
Como si el dolor jamás la hubiera tocado.
Estaba preparando maletas.
Y cuando me vio, me dijo con una paz que todavía escucho dentro de mí:
“Me voy a casa.”
Nos abrazamos.
Y aún siento ese abrazo.
Como si mi corazón lo hubiera guardado para sobrevivir la noticia.
Cuando finalmente me enteré de su muerte, se me cortó la respiración.
Porque una cosa es decir “Señor, hágase tu voluntad”…
y otra muy distinta es vivir la pérdida y enfrentar la ausencia.
Muchas veces queremos la voluntad de Dios, sí.
Pero también somos humanos.
Y lo humano siempre pide lo que duele menos.
Lo humano quisiera más tiempo.
Una despedida.
Una última palabra.
En ese momento se me juntó todo.
El sueño.
La noticia.
El golpe en el pecho.
La realidad.
Y entonces vino a mi mente aquel texto que tantas veces escuchamos, pero que ese día me habló distinto, como si tuviera voz:
📖 “En la casa de mi Padre muchas moradas hay…” (Juan 14:2)
Y fue como si todo encajara en una sola frase, simple y enorme.
Ella se fue a casa.
No se fue al olvido.
No se fue a la nada.
No se perdió en el aire.
Se fue a casa.
Y aunque el duelo no desaparece porque uno escriba algo bonito,
hay verdades que te devuelven el aire cuando el dolor aprieta.
Si en la casa del Padre hay moradas,
entonces hay lugar preparado.
Hay descanso.
Hay paz.
Y lo más importante,
hay promesa.
La promesa de que el amor no termina en una despedida.
La promesa de que los abrazos no se pierden, solo se guardan para el día del reencuentro.
La promesa de que Dios no improvisa con nuestra historia.
Hoy camino con fe y con lágrimas al mismo tiempo,
porque así es la vida cuando se ama de verdad.
Pero si ella me dijo en aquel sueño, “Me voy a casa”,
yo elijo creer que el cielo no es solo una idea.
Es un hogar real.
Es misericordia.
Es descanso.
Y es promesa.
🕊️ Descansa, mi amor.
Te extraño.
Y aunque hoy duela, sé que estás en casa.
El duelo me enseñó que la fe no siempre te quita el dolor…
pero sí puede darte un respiro en medio de él.
Y a veces Dios no responde con explicaciones…
responde con esperanza.

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